1968, “obreros y estudiantes, unidos adelante”

En abril de1968 la canción del momento en el movimiento estudiantil italiano aunaba sueños revolucionarios de unidad. Su título era “La violencia”, también conocida como “La caza de brujas”:

“Hoy he visto en la marcha
tantas caras sonrientes,
la compañera, quince años,
los obreros con los estudiantes.

¡El poder para los obreros!
¡No a la escuela del patrón!
¡Siempre unidos venceremos!
¡Viva la Revolución!”

(…)

Nadie puede negar que después del agitado año1968, las cosas nunca volverían a ser igual. Gracias a aquella convulsión hoy día están en la agenda del debate asuntos como la educación igualitaria, el ecologismo, el feminismo, la libertad sexual, el pacifismo, el antiimperialismo… En 1968 no hubo una revolución al uso en un país determinado, sino multitud de revueltas en múltiples y variopintos lugares, con un denominador común: la vanguardia estuvo formada por estudiantes.

Tal como explica Joaquin Estefanía, autor de “Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía”, cambió el sujeto redentor de la contestación y así, el movimiento obrero que había tenido el monopolio de las luchas por el progreso desde el año 1848, tuvo que compartirlo a partir de entonces con los movimientos estudiantiles.

Los estudiantes se echan a las calles en París, Praga, Berlín, Roma; pero también en Estados Unidos, Méjico, Japón…, incluso de una forma particular en Madrid, en el año del legendario concierto de Raimon, el 17 de mayo, en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense.

Aunque no fueron revueltas extremadamente violentas, la violencia gubernamental del PRI tomó cariz de genocidio en Méjico, con la “Matanza de Tlatelolco” la noche del 2 de octubre, con cifras desconocidas de víctimas, aunque se barajan entre 325 y 500 asesinados, miles de heridos y 2.000 detenidos. Todo ello diez días antes de las Olimpiadas de Méjico, unos juegos en los que la reivindicación de los deportistas negros fue también icono de aquel año.

Pero meses antes fue París el lugar en que estalló la chispa. El 8 de enero, Françoise Missofe, ministro de Juventud y Deportes del Gobierno francés de Pompidou se dirigió a la Universidad de Nanterre a inaugurar una piscina, un centro del extrarradio parisino. El ministro fue abucheado por ser responsable de un estudio sobre la juventud estudiantil francesa. Un joven alzó la voz y reprochó al ministro que ese documento no hablara de las relaciones sexuales entre estudiantes. El joven era Daniel Cohn-Bendit, “Dany el Rojo”. El mayo del 68 francés estaba en marcha.

Tres meses después, surge el “Movimiento 22 de marzo”, día muy relevante para el movimiento estudiantil, ya que seis estudiantes fueron detenidos en una jornada de protesta contra la Guerra de Vietnam. El Movimiento desembocaría en la manifestaciones de principios de mayo. En ese momento tendrá gran importancia la adhesión de los sindicatos de profesores, que sirvieron de cabeza de puente para la unidad con los grandes sindicatos industriales con la CGT a la cabeza. La convocatoria de la mayor huelga general francesa y de la Europa occidental contemporánea para el 13 de mayo estaba servida frente a la represión.

Ramón González Férriz en “1968. El nacimiento de un nuevo mundo” hace hincapié en esa buscada unidad, no exenta de problemas, entre estudiantes, profesorado y obreros y la distancia que el lenguaje creaba entre estos colectivos.

En su ensayo cita dos obras fundamentales que influyeron en el mayo francés: “Tratado del saber vivir para el uso de las jóvenes generaciones” de Raoul Vaneigem y “La sociedad del espectáculo”, de Guy Debord. Dos obras tremendamente complejas, casi crípticas y repletas de referencias literarias y filosóficas que apelaban, igual que los discursos callejeros, a la clase trabajadora y a la unión de los obreros con los estudiantes mediante la eliminación de las clases sociales.

El propio Cohn-Bendit reconoció la distancia que imprimía el lenguaje, culpabilizando no a ese lenguaje, sino al propio capitalismo porque “la desigualdad cultural no es un accidente, sino parte integral de la estructura opresiva” de la sociedad capitalista. Por ello, los estudiantes desdeñaban las universidades y las escuelas, calificándolas de “escuelas de privilegios”.

Sin duda, con las revoluciones de 1968 se evidenció que para avanzar, para progresar, es necesaria la unidad, algo que también se vivió en España, bajo el yugo del franquismo. No podemos olvidar que en junio de 1967, tras espontáneos surgimientos de Comisiones Obreras por todo el país, se convocó, clandestinamente, la primera Asamblea Nacional de CCOO en Aravaca.

En aquel 1968 era clausurado el SUT (Servicio Universitario del Trabajo) invento del padre Llanos que puso peligrosamente en contacto al movimiento estudiantil con la clase obrera. Por allí pasarían Cristina Almeida, Nicolás Sartorius, Manuel Vázquez Montalbán y tantas personas enfrentadas al franquismo.

1968 fue el año en que los obreros de Hunosa o Fasa- Renault se echan a la huelga y son duramente reprimidos por la policía. El año en que tantos emigrantes españoles también se manifiestan por toda Europa. Una generación que hoy vuelve a salir a las calles para asentar libertades y pelear por el Estado del bienestar.

El espíritu de 1968 sigue vivo en el multitudinario 8 de marzo, en la defensa de la enseñanza pública, igualitaria, de calidad; en la defensa de los derechos humanos de inmigrantes y refugiados. En el 68 se arrancaron muchos imposibles hoy podemos defenderlos y ampliarlos.