Ciencia, como enseñanza, se escribe con nombre de mujer

“Las ciencias se les dan mejor a los chicos”. Dicen que basta con repetir una mentira mil veces para que se convierta en verdad. Y muchas la hemos escuchado tantas veces de niñas que cuando llegó el momento de escoger una rama de Bachillerato ni siquiera nos planteamos optar por el ámbito técnico y científico. Pensábamos que no era para nosotras, que no seríamos lo suficientemente inteligentes para lograrlo. Son temores interiorizados que evidencian que el machismo es una estructura que hunde sus raíces hasta la más profunda infancia. Así lo demostró un estudio elaborado el año pasado por las universidades de Nueva York, Princeton e Illinois. En él se exponía que, a partir de los seis años, las niñas evitaban realizar algunas actividades técnicas, pues creían que sus compañeros las harían mejor por ser más inteligentes.

En nuestro país la situación no es muy diferente. En su más tierna infancia, niños y niñas juegan juntos como iguales. Sin embargo, según van creciendo y asumen los roles que se asocian a su género, comienzan las inseguridades para ellas. Mientras sus compañeros tienen como referentes masculinos a superhéroes, guerreros y deportistas, a ellas se les enseña a ser princesas, hadas o cuidadoras. La potencia frente a los cuidados. La fuerza frente a la delicadeza. La escuela reproduce la sociedad y los estereotipos están igualmente naturalizados en las aulas, donde los referentes femeninos en el ámbito científico son una anomalía. Nuestras pequeñas saben quiénes fueron Einstein, Copérnico y Galileo, pero no aprenden que quien sentó las bases de la programación fue una mujer, Ada Lovelace. Tampoco saben que la materia oscura fue descubierta por Vera Rubin o que la matemática alemana Emily Noether revolucionó los campos de la física teórica y del álgebra abstracta. Como no tenemos referentes, creemos que no vamos a poder.

Y así ocurre que, aunque en nuestra región las chicas que consiguen llegar a Bachillerato superan en número a sus compañeros, tan solo el 42,4 % de las estudiantes madrileñas se decanta por la modalidad científica. Se trata de una cifra pequeña, que tan solo ha subido un 3 % desde 2009, en lo que supone un aumento mucho más sostenido que la media estatal. Conviene recordar que en 2009 nuestra región solo tenía por delante seis comunidades con un porcentaje de alumnas más elevado, mientras que actualmente ya nos superan once autonomías, tal y como demuestra un estudio de CCOO.

La situación requiere ser abordada de inmediato, pues la brecha de género se agrava todavía más al llegar a la universidad, donde solo uno de cada cuatro matriculados en ingenierías es mujer, según datos del Ministerio de Educación. No es un tema baladí, ya que la elección de los estudios condiciona el futuro laboral y cada vez hacen falta más profesionales especializados en TIC para cubrir el acelerón tecnológico en el que estamos inmersos. Las profesiones del futuro necesitan trabajadores especializados en ciencia y tecnología y no podemos seguir descuidando a la mitad de la población mundial. En muchas empresas los puestos de poder y mejor remunerados están asociados a la tecnología. Y si no hay mujeres en el ámbito tecnológico tampoco hay mujeres tomando decisiones.

Ha llegado la hora de acabar con la masculinización de determinados ámbitos profesionales, pues no deja de ser llamativo que las profesiones históricamente feminizadas, como la enseñanza o los cuidados, estén peor remuneradas que aquellas en las que hay preponderancia masculina. No puede ser que, tal y como reflejan los datos del Ministerio de Educación, en los albores de 2019 en los módulos de FP de electricidad y electrónica solo haya un 1,93 % de mujeres, mientras que en los de imagen personal el número de hombres matriculados no alcance el 10 %. Tenemos que interiorizar que la profesión no depende del sexo y que una mujer puede hacer una instalación eléctrica en la misma medida en la que un hombre es capaz de cortar el pelo. Y no pasa nada.

En este sentido, el papel que las instituciones deben jugar para lograr estimular las vocaciones científicas de las más pequeñas desde la escuela es crucial. El Gobierno de la región debería empezar a tomarse esto como una prioridad, porque las cifras de Madrid están lejos de ser halagüeñas. Teniendo en cuenta que las regiones más ricas son las que tienen mayor porcentaje de alumnas, resulta inexplicable que en los últimos años nos hayan superado 11 autonomías en número de alumnas en bachillerato.

Al Ejecutivo de Garrido tiene que dejar de poner parches y empezar a tomarse en serio la lucha contra la masculinización de las ciencias. Desde CCOO llevamos tiempo insistiendo en la importancia de abordar la enseñanza con perspectiva de género, para evitar que los estereotipos machistas se sigan perpetuando. Necesitamos libros de texto que recojan las aportaciones de las mujeres a la ciencia, recursos que formen al profesorado en materia de género y una formación integral basada en la igualdad. Solo así lograremos que en, el futuro, ese concepto tan irracional pero tan arraigado de que la ciencia les pertenece solo a ellos no sea más que un mal recuerdo. Tenemos que orientar nuestros esfuerzos a lograr que ninguna chica vuelva a pensar más que ella no será capaz de aportar algo la ciencia. Porque ciencia, como enseñanza, se escribe con nombre de mujer.



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